Esto sucedió hace un mes, en una comida con mi Di. Y desde ese momento, cada vez que vamos a ese restaurante, no puedo olvidar dos lecciones que me dieron dos personas que ni se conocen, ni se asemejan en nada, sólo en que con su ejemplo, dejaron a mi esposa con la boca abierta, y a mi con lágrimas detrás de mis pupilas.
Cerca de casa hay un restaurante ihop que se ha hecho hábito semanal visitar. A veces en los días libres antes de ir al cine, a veces en noches que estamos muy cansados para llegar a cocinar a casa, y otras veces, cuando a las 2AM después de ver 2 ó 3 DVDs, el sueño y el hambre no se ponen de acuerdo.
El restaurante ya lo hemos considerado como "fase tres" en nuestro "progreso económico" en EEUU. Pero eso lo explicaré en un futuro post. Por ahora, sólo puedo decir que es un lugar acogedor, simple, nada caro, y que a mi me parece un ejemplo de una realidad de las clases medias gringas: clientes arios, cocineros latinos, y meseros negros.
¡Ah! en su mayoría los clientes son mayores de 45 años, los cocineros alrededor de 35, y los meseros menores de 30. Claro, esto es una impresión general, no una conclusión exacta ni definitiva.
Y mientras esperabamos que la siempre muy amable mesera nos entregara nuestro pedido, Di me pidió ver a nuestra izquierda, del otro lado del restaurante casi vacío a un señor de quizá 65 años. Estaba de pie porque un instante antes su esposa, también sexagenaria, se había levantado al baño. Y nuestro asombro fue enorme, al ver al sr. tomar el saco de su esposa en sus manos, y sostenerlo en sus brazos por dos minutos, mientras él permanecía de pie, esperando su regreso. Y se sentó hasta que ella volvió, cuando enternecedoramente le entregó su saco a su esposa y tomó su lugar.
Y me pregunté ¿que sería de nuestros países latinos si en vez de ser unos machistas de mierda malparidos fuésemos así de amables y caballeros con nuestras esposas, madres, amigas, hermanas, vecinas, colegas, compañeras e hijas?
Y justo eso le comentaba a mi Di cuando a nuestra derecha, por la ventana vemos a un sencillo hombre de 40 y tantos salir de su jornada de trabajo. Le vimos fijamente al notar que en vez de dirigirse al estacionamiento se dirigía hacia la calle, signo inequívoco que en vez de manejar su auto tomaría un bus. Nuestras miradas nos mostraban nuestro propio pasado como usuarios del transporte público en EEUU y en un instante posterior, mi mirada se nubló con lágrimas cuando unos pasos después de salir de la puerta le vimos quitarse la gorra con su mano izquierda mientras su mano derecha la empleaba para hacer la señal de la cruz sobre su rostro y pecho.
Y me pregunté ¿que sería de mi propia vida si en vez de lamentar y reprochar cada detalle que Dios no me dá a mi gusto y antojo le agradeciera por el hecho de tener un trabajo, una vida, y, en este ... país, una oportunidad de construir junto a mi esposa un futuro?
Si en vez de recriminarme como fracasado por haber tenido que venir a trabajar al norte, diera Gracias porque tengo vida, comida, trabajo, un país al cual extrañar, y una esposa a la cual honrar.
Y para enseñarme eso, Dios usó a un gringo, y a un mexicano... dos hombres, que en un par de minutos, me mostraron lo mejor de sus culturas, y que son más y mejores hombres que yo.
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